El moderno Sherlock Holmes

(1924)

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Valoraciones

El moderno Sherlock Holmes es una película perfecta. No ha envejecido un solo día gracias a que sus trucos visuales se realizaron de forma física y óptica en la propia cámara, superando en ingenio a muchos efectos digitales contemporáneos. Buster Keaton demostró aquí que no solo era un acróbata suicida y un cómico brillante con la «cara de palo», sino también un director visionario e intelectual que entendía el cine como una extensión de los sueños. Es una pieza obligatoria en cualquier escuela de cine del mundo.

Innovación técnica y metacinematográfica antológica: La secuencia en la que Keaton entra en la pantalla es un prodigio técnico ejecutado décadas antes del CGI. Mediante el uso de mediciones milimétricas con hilos y dobles exposiciones en la cámara, Keaton interactúa con los cortes de edición de la película de fondo. Cambia de escenario de un segundo a otro (de una calle a un precipicio, a un desierto, a una isla rodeada de tiburones) manteniendo una continuidad física perfecta. Es una lección maestra de montaje y raccord.

Keaton perfecciona aquí su «humor geométrico». El gag de la mesa de billar (donde esquiva bolas cargadas de explosivos con carambolas matemáticamente perfectas) y el truco de magia en el que salta a través de un círculo de costura colgado del cuello de su ayudante para desaparecer en un disfraz de mujer, rozan el surrealismo puro.

La mítica escena de la motocicleta: Una de las acrobacias más arriesgadas de la historia del cine. Keaton viaja montado en el manillar de una motocicleta en marcha creyendo que su compañero va conduciendo, ignorando que este se ha caído líneas atrás. El peligro real de las colisiones (Keaton estuvo a punto de morir y de hecho se fracturó el cuello en una escena de esta película con un tanque de agua sin saberlo hasta años después) dota a la acción de una tensión eléctrica insuperable.

La película es una de las primeras obras de arte en reflexionar sobre el escapismo cinematográfico. El cine funciona como el espacio donde el protagonista puede cumplir sus deseos frustrados. El final, donde el proyeccionista copia los gestos románticos del actor de la pantalla para reconciliarse con su novia en la vida real, es una maravillosa y poética sátira sobre cómo los espectadores imitamos las ficciones.

Con apenas tres rollos de película (45 minutos), la trama detectivesca y el conflicto del mundo real se resuelven de forma abrupta e insustancial una vez que el protagonista despierta del sueño. El enigma del reloj se soluciona fuera de la pantalla sin la intervención del ingenio del protagonista en el mundo real.

La primera mitad, enfocada en la vida cotidiana del proyeccionista, avanza con un ritmo más pausado y convencional. Esto genera un contraste radical con la avalancha vertiginosa de gags y acción de la segunda mitad, haciendo que el prólogo se sienta como un mero trámite para llegar a la sección del sueño.

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