Las tres edades

(1922)

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Valoraciones

Las tres edades (título original: Three Ages) fue estrenada en 1923 (aunque su producción se inició a finales de 1922). Coescrita, dirigida y protagonizada por Buster Keaton junto a Edward F. Cline, esta obra tiene una enorme relevancia histórica: es el primer largometraje independiente del genio del cine mudo.

La trama se estructura como una antología que narra las desventuras de un joven corriente (Keaton) que compite contra un rival mucho más fuerte y adinerado (Wallace Beery) por el amor de la misma mujer (Margaret Leahy). La película examina este conflicto repitiendo exactamente los mismos arquetipos en tres épocas históricas distintas: la Edad de Piedra, el Imperio Romano y la Edad Moderna (los años veinte).

El eje central más analizado por los historiadores es que la película constituye una brillante y mordaz parodia de Intolerancia (1916), la ambiciosa superproducción dramática de D.W. Griffith. Mientras Griffith entrelazaba cuatro épocas diferentes para dar una lección moralista sobre el odio y los prejuicios, Keaton toma la misma estructura narrativa fragmentada y paralela con fines estrictamente cómicos, concluyendo de forma irónica que lo único inmutable a través de los siglos no es el sufrimiento humano, sino los absurdos enredos del amor.

La crítica resalta una astuta curiosidad sobre la producción de la cinta. Al tratarse de su primer largometraje, Keaton no estaba del todo seguro de si el público de la época aceptaría mantener el interés en una comedia visual durante más de una hora, un formato entonces dominado por Charles Chaplin. Por ello, estructuró la narrativa «en hoja de cuadrícula», ordenando el relato por bloques intercambiables. De este modo, si la película fracasaba comercialmente como largometraje, el estudio tenía la posibilidad técnica de dividirla y distribuirla como tres cortometrajes independientes (uno prehistórico, uno romano y uno contemporáneo).

A nivel general, el consenso de la crítica profesional sitúa a Las tres edades un peldaño por debajo de las joyas absolutas de madurez que Keaton rodaría inmediatamente después (como La ley de la hospitalidad o El maquinista de la General). Algunos críticos consideran que su estructura episódica interrumpe la fluidez y genera un ritmo ligeramente irregular en comparación con sus obras posteriores. No obstante, es unánimemente elogiada como un debut espectacular y un campo de entrenamiento crucial donde Keaton demostró que la comedia visual muda podía sostener con maestría un metraje largo.

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