El cielo puede esperar

(1978)

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Valoraciones

El cielo puede esperar (1978), titulada originalmente Heaven Can Wait, es una de las comedias fantásticas más sofisticadas, encantadoras y exitosas de la transición hacia el Hollywood de finales de los setenta. Co-dirigida por Warren Beatty y Buck Henry, y con un brillante libreto co-escrito por el propio Beatty junto a la legendaria Elaine May, la película supuso un arriesgado pero triunfal ejercicio de nostalgia cinematográfica. Al actualizar el clásico de 1941 El difunto protesta (Here Comes Mr. Jordan), la producción esquivó el cinismo imperante en el cine de su era, alzándose con nueve nominaciones a los premios Óscar (incluyendo las cuatro categorías principales para Beatty de manera individual: película, director, actor y guion) y consolidándose como un hito del escapismo romántico y espiritual.

La crítica profesional elogia unánimemente la valentía de la cinta para rescatar las dinámicas de la screwball comedy de los años 40, entrelazándolas con una sutil sátira sobre el corporativismo y la codicia industrial de finales del siglo XX. La premisa nos introduce a Joe Pendleton (Warren Beatty), el carismático y bondadoso quarterback suplente de los Los Angeles Rams, quien está a punto de liderar a su equipo hacia la Super Bowl. Su destino se trunca cuando un ángel de la guarda novato y sobreprotector (Buck Henry) lo extrae prematuramente de su cuerpo segundos antes de sufrir un accidente del que, en realidad, Joe iba a sobrevivir. Al descubrirse el monumental error celestial y comprobar que su cuerpo físico ya ha sido incinerado, el supervisor divino, se ve obligado a reencarnar el alma del deportista en el cuerpo de Leo Farnsworth, un multimillonario e implacable magnate que acaba de ser envenenado por su codiciosa esposa y su amante.

El núcleo dramático y cómico del libreto funciona a través de un delicioso choque de identidades. El «nuevo» Farnsworth despierta ante sus asesinos actuando con la inocencia, el entusiasmo atlético y la rectitud moral de un jugador de fútbol americano. La película utiliza esta transmigración no solo para desatar enredos domésticos de primer nivel, sino para trazar una fábula capriana sobre el idealismo frente al poder corporativo. Al tomar las riendas del imperio industrial, Joe sabotea los intereses espurios de la compañía simplemente para hacer lo correcto y complacer a Betty Logan (Julie Christie), una combativa activista medioambiental británica de la que se enamora instantáneamente.

Como destacó en su reseña el célebre crítico Roger Ebert de Chicago Sun-Times, el romance latente entre Warren Beatty y Julie Christie reborda una ternura y un trato tímido insólitos para la época. Su química, sazonada por el bagaje de haber colaborado previamente en McCabe & Mrs. Miller, dota a la película de un ancla emocional genuina y conmovedora. Los antagonistas roban la función en cada escena de enredo doméstico. Charles Grodin y Dyan Cannon están insuperables como los amantes conspiradores, entregando un recital de comedia física, miradas de pánico y gags sutiles dignos del mejor Blake Edwards. A ellos se suma el veterano Jack Warden como el leal entrenador Max Corkle, en una interpretación vibrante y desternillante mientras intenta asimilar que su difunto amigo vive atrapado en el cuerpo de un excéntrico magnate.

El veterano actor británico James Mason aporta un empaque escénico inigualable. Su interpretación del Sr. Jordan, desprovista de efectos sobrenaturales ordinarios y sustentada puramente en su voz profunda y su aplomo escéptico, eleva la espiritualidad de la cinta hacia un terreno de sutil elegancia metafísica. La hermosa dirección de fotografía de William A. Fraker halla sus mayores hallazgos visuales al plasmar el más allá no como un espacio de nubes caricaturescas, sino como una sofisticada y minimalista terminal de tránsito envuelta en una neblina luminosa. Todo ello perfectamente acunado por el melancólico e icónico leitmotiv al saxofón compuesto por Dave Grusin.

Para muchos analistas especializados (como los del portal Smith’s Verdict), las implacables e inmutables «reglas del destino» que impone el Sr. Jordan en el tercer acto fuerzan un giro melodramático que daña ligeramente la catarsis de la historia de amor. La necesidad de cumplir con el canon de la reencarnación definitiva se siente apresurada y algo artificial en sus minutos finales.

Aunque la idea del magnate comprando a los Rams para jugar en su propio equipo proporciona momentos hilarantes, los espectadores que busquen una épica deportiva real se sentirán defraudados. Las escenas de entrenamiento y partido quedan reducidas a un mero fondo anecdótico o un vehículo cómico que a veces frena el ritmo de la intriga empresarial y romántica.

Conclusión: el cielo puede esperar (1978) es un rotundo triunfo de la comedia fantástica humanista y un recordatorio del poder de las segundas oportunidades. La cinta se consolidó como una pieza idílica, dulce y sutilmente divertida que demuestra que el verdadero carisma cinematográfico reside en la empatía de sus personajes y en la entrega física de sus intérpretes. A pesar de que su dinámica pueda sentirse anclada a las estructuras rígidas del pasado, es una obra sumamente disfrutable que logra invitar al espectador a valorar que, más allá de la ambición económica o los giros cósmicos del destino, la mayor fortuna que poseemos es la conexión genuina con los demás.

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