Historias de Filadelfia

(1940)

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Valoraciones

Historias de Filadelfia (1940), titulada originalmente The Philadelphia Story, es una de las cumbres absolutas del Hollywood clásico y el modelo definitivo de la comedia de segundas nupcias (comedy of remarriage). Dirigida por George Cukor para la Metro-Goldwyn-Mayer, la película no solo obtuvo seis nominaciones a los premios Óscar (ganando los de Mejor Actor para James Stewart y Mejor Guion Adaptado), sino que operó como un milagroso revulsivo industrial. Basada en la exitosa obra teatral de Philip Barry, la cinta sirvió para que Katharine Hepburn dinamitara la injusta etiqueta de «veneno para la taquilla» que arrastraba en RKO, consolidando un trío de deidades interpretativas junto a Cary Grant y James Stewart que roza la perfección absoluta.

La crítica profesional contemporánea destaca que la película funciona con la precisión suiza de un mecanismo de relojería analógica. A través de una puesta en escena elegante que esconde su origen teatral bajo una fluidez puramente cinematográfica, Cukor subvierte las convenciones de la screwball comedy de los años 30 para tejer una ácida sátira de clases y una madura disección del orgullo.

La trama se sitúa en una opulenta mansión de la alta sociedad de Filadelfia, donde la altiva y sofisticada heredera Tracy Lord (Hepburn) se prepara para contraer segundas nupcias con George Kittredge, un aburrido y puritano hombre de negocios hecho a sí mismo. El gran triunfo del libreto de Donald Ogden Stewart es eludir con una sutileza asombrosa las férreas restricciones del Código Hays de censura. Para sortear la prohibición de mostrar adulterios o tensiones sexuales explícitas, el guion utiliza el divorcio previo como una patente de corso legal que permite a los personajes flirtear, emborracharse y confrontar sus pasiones sin tapujos morales.

La narrativa no gira en torno a qué hombre «ganará» a Tracy, sino en torno a la humanización de la propia protagonista. Tracy Lord es descrita inicialmente como una estatua de hielo, una diosa puritana incapaz de perdonar la debilidad humana (como el alcoholismo de su exmarido o las infidelidades de su padre). La odisea nocturna, bañada en alcohol y enredos, funciona como una cura de humildad obligatoria: para poder amar de verdad, la diosa debe bajarse del pedestal, cometer errores y aceptar su propia vulnerabilidad de carne y hueso.

La fascinación de la cinta descansa en el choque de tres de las voces y personalidades más magnéticas y singulares de la historia del cine. Cary Grant derrocha su habitual ironía aristocrática y sofisticada; Katharine Hepburn firma una interpretación empoderada, física y deslumbrante; y James Stewart ofrece un recital memorable como el periodista cínico que esconde el alma de un poeta romántico.

Los duelos verbales son antológicos. Las réplicas vuelan con una velocidad y una acidez implacables. Cukor demuestra una mano exquisita para dejar que la comedia florezca de manera natural a través de las reacciones gestuales de los actores frente al ingenio verbal del texto. El encuentro nocturno y ebrio entre los personajes de James Stewart y Cary Grant (donde Stewart improvisó un hipo real que casi hace romper en carcajadas a Grant en mitad de la toma) está unánimemente considerada por críticos de portales como The Guardian como la cumbre absoluta de las escenas de embriaguez cinematográfica.

La película dispara dardos muy certeros contra el periodismo amarillo, la hipocresía de los nuevos ricos y la obsesión del público por desnudarse ante el cotilleo de las apariencias sociales.

Un desenlace complaciente con el patriarcado de la época: analistas contemporáneos (incluyendo críticas en portales como Filmaffinity y ensayos cinematográficos sobre género) señalan que, a pesar del evidente empoderamiento de Tracy Lord durante toda la cinta, la resolución la somete a una excesiva e innecesaria rendición ante el juicio moral de su padre y su exmarido. Su transformación final puede leerse como una domesticación de su carácter indómito en favor de las estructuras tradicionales.

El tramo inicial amaga con una farsa clásica de enredos donde los periodistas simulan ser amigos de la familia. Sin embargo, Cukor abandona este recurso cómico muy pronto, perdiendo la oportunidad de exprimir al máximo los malentendidos de la intriga de identidades.

Conclusión: Historias de Filadelfia (1940) se mantiene intacta en el Olimpo cinematográfico como la quintaesencia de la alta comedia americana. A través del análisis crítico en profundidad de Criterion Collection y los principales historiadores, la obra se reivindica no solo como un deslumbrante entretenimiento romántico, sino como el testimonio definitivo de un Hollywood que sabía retratar la sofisticación y los claroscuros del corazón humano con elegancia, ingenio y una insultante ligereza. Una joya atemporal cuyos diálogos siguen estallando en la pantalla con la efervescencia de una copa de champán recién servida.

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