El tiempo de los gitanos

(1988)

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Valoraciones

El tiempo de los gitanos (1988), titulada originalmente Dom za vešanje («Hogar para colgar» en serbocroata), es una de las obras cumbre del cine contemporáneo y la consagración internacional definitiva del director yugoslavo Emir Kusturica. Galardonada con el premio al Mejor Director en el Festival de Cannes, la película es una sobrecogedora y barroca epopeya que redefine el realismo mágico en el cine, sumergiendo al espectador en un universo donde la extrema crudeza marginal de la Europa Oriental coexiste con una poesía visual y mística profundamente arrebatadora.

La crítica profesional elogia unánimemente El tiempo de los gitanos por ser el primer largometraje hablado casi íntegramente en idioma romaní. Kusturica esquiva con maestría tanto la romantización condescendiente como la demonización del pueblo gitano, construyendo en su lugar un fresco hiperrealista, profundamente trágico y con un lirismo deudor del universo de Gabriel García Márquez y del cine de Federico Fellini.

La narrativa sigue a Perhan (Davor Dujmović), un sensible joven gitano con incipientes poderes telequinéticos que vive en un mísero poblado de Macedonia junto a su abuela curandera, su tío ludópata y su hermana enferma Danira. Desesperado por conseguir el dinero necesario para pagar la operación de su hermana y poder casarse con su amada Azra, Perhan se deja arrastrar por Ahmed, un carismático gángster local que se dedica a la trata de niños y a la explotación de menores en Italia.

El gran logro del libreto, coescrito por Gordan Mihić, es estructurar la película bajo el molde clásico de una novela de aprendizaje (Bildungsroman) pero a la inversa. Asistimos a la devastadora desintegración moral de su protagonista: el muchacho inocente que criaba pavos y jugaba con su acordeón termina convertido en un frío y cínico explotador de su propia estirpe. Su inevitable caída es un reflejo de la pérdida de las raíces y la destrucción de la pureza ante las dinámicas capitalistas y marginales del mundo moderno.

Kusturica filma secuencias que han quedado grabadas a fuego en la historia del cine. La icónica y magnética celebración nocturna de la fiesta de Ederlezi (San Jorge) junto al río, las plumas flotando en el aire, la novia suspendida en el cielo o el velo flotante de la boda componen un imaginario lírico y onírico superlativo. Las fantasías y los poderes de Perhan no son trucos de magia vulgares, sino la expresión visual de su alma conectada a la tierra y a su linaje.

La mítica e hipnótica banda sonora de Goran Bregović logra que la música no sea un mero adorno; es el tejido conectivo y emocional de la película. El compositor Goran Bregović reinventó cantos tradicionales gitanos (como la célebre melodía de «Ederlezi») infundiendo una energía desbordante que transita de manera magistral entre la fiesta eufórica y la melancolía fúnebre.

El joven actor no profesional Davor Dujmović entrega una actuación desgarradora. Su mirada inocente y su progresivo endurecimiento sostienen de forma impecable las casi dos horas y media de metraje, ofreciendo un personaje de una vulnerabilidad insólita y un carisma trágico sobrecogedor. La puesta en escena abraza el caos. Las escenas cotidianas en el poblado, plagadas de animales correteando, borracheras, gritos y comedia física exagerada, sirven como un brillante contrapeso que oxigena la trama antes de hundirnos en la implacable tragedia.

Con una duración que roza los 140 minutos, algunos críticos especializados apuntan que el segundo acto, localizado en los suburbios criminales de Italia, sufre de cierta dispersión y reiteración de gags y situaciones delictivas que ralentizan el avance del destino final de Perhan.

El estilo recargado, ruidoso e hiperbólico de Kusturica (donde siempre ocurren tres acciones distintas simultáneamente en segundo plano) puede llegar a saturar a los cinéfilos que prefieran una narrativa más minimalista, lineal, limpia o de corte formal clásico.

Conclusión: el tiempo de los gitanos (1988) es un monumento cinematográfico indiscutible, rebosante de una energía desatada y una belleza salvaje que muy pocas películas han logrado igualar. Emir Kusturica firmó aquí su testamento fílmico más redondo, capturando el latido de un pueblo entero a través de sus contradicciones, su música, sus mitos y sus desgracias. Lejos de envejecer, el filme se erige hoy en día como un desgarrador recordatorio del talento de un cineasta irrepetible antes de que los conflictos de los Balcanes dinamitaran y transformaran para siempre su entorno cultural.

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