Las pistolas del infierno

(1968)

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Valoraciones

Las pistolas del infierno (título original: Day of the Evil Gun) es un western estadounidense de 1968 dirigido por Jerry Thorpe y protagonizado por dos grandes leyendas del género: Glenn Ford y Arthur Kennedy. La película se estrenó en un momento de profunda transición para el cine del Oeste. El western clásico de Hollywood perdía fuerza frente al auge violento y estilizado del Spaghetti Western europeo, y obras revolucionarias como The Wild Bunch estaban a la vuelta de la esquina. Por ello, la recepción y crítica profesional la catalogan hoy como un interesante híbrido crepuscular y psicológico.

Críticos de portales especializados como Decine21 la definen como un film de «ritmo pausado y centrado en la psicología de los personajes». La fuerza del argumento no radica tanto en las grandes batallas, sino en la tensa y forzada convivencia de sus dos protagonistas masculinos, rivales que se repelen pero que se ven obligados a cooperar.

En las reseñas históricas del film se destaca el rol de Glenn Ford como un «héroe cansado». Su personaje, Lorn Warfield, ya no busca la gloria ni reacciona ante provocaciones; encarna al pistolero letal atormentado por su pasado que solo anhela recuperar a su familia y una vida normal. La crítica valora muy positivamente esta visión humana y hastiada de la violencia.

Los analistas contemporáneos de plataformas como Letterboxd señalan que la película sufre ligeramente por su concepción técnica. Aunque se rodó en los espectaculares paisajes de Durango, México, originalmente se planteó como una producción televisiva de la ABC antes de ser adaptada para salas de cine por la MGM. Esto hace que visualmente se sienta a veces a medio camino entre un formato clásico de estudio y la crudeza sucia de finales de los sesenta.

Si en algo coincide la crítica de manera unánime es en alabar las actuaciones de Ford y Kennedy, respaldados por secundarios de lujo de la talla de Dean Jagger o un joven Harry Dean Stanton. El duelo interpretativo mantiene a flote los tramos donde el guion de Charles Marquis Warren se vuelve más predecible o episódico.

Para la crítica profesional, no es la cumbre de la filmografía de Glenn Ford, pero sí se la considera una obra sólida, cumplidora, entretenida y con un desenlace que rescata con fuerza el espíritu del género. Es especialmente recomendada para los amantes de los relatos de carretera (road movies) en clave de wéstern que priorizan el dilema moral sobre la acción desenfrenada.

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