Sueños imposibles

(1922)

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Valoraciones

Aunque narrativamente débil, en lo que respecta al humor es un corto que provoca muchas risas y muecas gráciles. Buster Keaton, logra tener algo que se queda en la retina, la perseverancia de su estrella por seguir rodando, aunque sea por pura inercia, como el roedor dentro de la rueda. Porque eso es el corto una sucesión de sketches que, entre tropiezos, naufragios y volteretas, construyen algo más cercano a la melancolía que a la carcajada. Sí, tiene humor brillante en momentos, ritmo vigoroso y hasta cierta mala leche autoconsciente; pero, a la vez, transmite la sensación de que Keaton, agotado por la fábrica de cortos que le exigía Joe Schenck, echaba más corazón y músculo que ingenio narrativo. Un Keaton que rueda porque debe rodar. El resultado es imaginativo, episódico, irregular, pero memorable cuando lo es. No es imprescindible, pero cuando brilla, lo hace con una luz que muy pocos en su época podían siquiera rozar.

Filmado en San Francisco, “Sueños imposibles” es fruto de la época más febril de Keaton como creador de cortometrajes. Obligado por contrato a entregar un corto tras otro, el actor y director reciclaba ideas, esbozos y ocurrencias, construyendo piezas a veces geniales y otras veces meramente competentes. En este caso, el guion y la dirección se acreditan a Buster Keaton y Edward F. Cline, su colaborador habitual, juntos levantaban estas obras casi sobre la marcha, probando in situ gags y encuadres. Detrás está también la presión del productor Joe Schenck, que no veía problema en pedir a Keaton que exprimiera su talento sin descanso. Frente a Chaplin, que se permitía rodar cuando quería y estrenar cuando le daba la gana, Keaton rodaba, montaba y estrenaba todo, saliera bueno o mediocre.

La restauración de 1995 recuperó buena parte del metraje, aunque con fotogramas deteriorados y rótulos de sustitución. Se nota el paso del tiempo: hay cortes abruptos, escenas que se intuyen más largas de lo que vemos y algunos gags que, fuera de contexto, pierden fuerza. Pero incluso así, la película respira ritmo. Keaton no se detiene ni un segundo, empujado por la propia mecánica del slapstick. La fotografía es funcional, con planos generales para las persecuciones y medios para los gags; nada especialmente sofisticado, pero suficiente para no robar protagonismo a la física imposible de Keaton.

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