El hijo de Kong

(1933)

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Valoraciones

El hijo de Kong (1933), titulada originalmente The Son of Kong, es recordada en la historia del cine como uno de los proyectos secuela más apresurados y drásticos en su cambio de tono. Estrenada por RKO Pictures apenas nueve meses después del colosal éxito de la obra maestra original, la película volvió a contar con la dirección de Ernest B. Schoedsack y el libreto de Ruth Rose. Sin embargo, en lugar de replicar el terror trágico y a escala épica de su predecesora, optó por convertirse en una breve y ligera aventura satírica con fuertes tintes de comedia familiar.

La crítica profesional analiza El hijo de Kong no como una continuación natural de la mitología del simio, sino como una respuesta comercial e industrial obligada a la Gran Depresión, donde los estudios necesitaban exprimir con urgencia sus marcas de éxito. La historia retoma la acción un mes después de los destrozos provocados en Nueva York. El atribulado promotor Carl Denham (Robert Armstrong) se encuentra arruinado, acosado por demandas legales y huyendo de la justicia. Esto lo lleva a embarcarse de nuevo con el capitán Englehorn hacia los mares del Sur, donde la promesa de un tesoro oculto los hace desembarcar una vez más en la Isla de la Calavera.

El aspecto más divisivo y analizado por los expertos es la concepción de «Little Kong» (el hijo de Kong), un simio albino gigante de pelaje blanco. A diferencia del salvajismo primario y trágico de su padre, el hijo es presentado bajo códigos puramente cómicos y adorables. Desde su aparición el gorila actúa con una timidez infantil, rascándose la cabeza, haciendo gestos bufonescos y funcionando como el protector bonachón de los humanos frente a otras criaturas prehistóricas. Esta infantilización del mito despojó a la secuela de cualquier rastro de misterio, transformando el horror primigenio en un divertimento de consumo rápido.

A pesar de las extremas prisas en la producción, el genio de los efectos especiales Willis O’Brien (apoyado en esta ocasión por un joven equipo) logra mantener un nivel artesanal muy digno. Las peleas de Little Kong contra un oso de las cavernas y un Styracosaurus poseen un gran dinamismo y expresividad gestual.

El primer tercio de la película ofrece una ácida y divertida mirada a la propia industria del cine. Ver a Denham lidiando de forma satírica con las consecuencias financieras y la culpa por haber destrozado Manhattan inyecta un ingenioso realismo cínico a la trama. Los últimos diez minutos de la cinta elevan drásticamente la calidad del metraje. El catastrófico terremoto que hunde de forma definitiva la Isla de la Calavera y el conmovedor sacrificio final de Little Kong componen una de las imágenes más potentes y recordadas de la producción.

Con una duración reducida de apenas 69 minutos, la película tarda casi 45 minutos en llegar a la isla y mostrar al simio titular. Los primeros dos tercios se rellenan con tramas secundarias de marineros amotinados y espectáculos de circo de monos que dilatan innecesariamente el núcleo de la aventura. Tratar a una criatura mítica como un elemento de alivio cómico que provoca «vergüenza ajena» en ciertos pasajes deteriora el impacto dramático global. Al eliminar la vertiente de «la bella y la bestia», la cinta se queda en una convencional historia de búsqueda de tesoros.

Su gran pecado de cara a la crítica contemporánea fue rebajar la escala de su narrativa y domesticar al monstruo. Sin embargo, su brevedad, la partitura siempre eficiente de Max Steiner y la innegable nobleza del trágico clímax final salvan a la cinta del desastre absoluto, consolidándola como un pasatiempo menor pero simpático en la historia del cine clásico de monstruos.

Conclusión: El hijo de Kong (1933) es una secuela menor que se disfruta hoy en día como una entrañable curiosidad arqueológica, pero que palidece por completo ante la sombra de la obra maestra original. No pretendía revolucionar el lenguaje del cine ni impactar en la cultura popular; nació puramente como un producto de explotación comercial apresurado para amortizar los decorados y maquetas del mismo año.

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