La matanza de Texas 2

(1986)

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Valoraciones

La matanza de Texas 2 (1986), dirigida por Tobe Hooper y producida por la mítica e infame Cannon Films, es una de las secuelas más desconcertantes, radicales y polarizantes de la historia del cine de terror. Doce años después de haber traumatizado al mundo entero con la obra maestra original de 1974 —una cinta caracterizada por su atmósfera sucia, malsana y un terror psicológico casi documental—, Hooper regresó a su propia creación dinamitando por completo las expectativas del público. El resultado no fue una repetición de la fórmula, sino una sátira grotesca de comedia negra y horror splatter que, si bien fue repudiada por la crítica convencional de su época, el paso del tiempo ha encumbrado como una auténtica obra de culto transgresora.

La crítica especializada contemporánea sitúa a La matanza de Texas 2 en el mismo grupo de «secuelas mutantes» de los ochenta junto a títulos como Terroríficamente muertos (Evil Dead II) o Gremlins 2: obras que eligen conscientemente la parodia, el exceso y el autohomenaje desquiciado antes que competir en el mismo terreno que sus predecesoras. La trama avanza trece años después de los eventos originales. La familia de caníbales (los Sawyer) ha trasladado su base de operaciones a un tétrico parque de atracciones subterráneo abandonado, tematizado sobre la Guerra de Secesión. Mientras tanto, Drayton Sawyer (Jim Siedow) gana premios culinarios locales comercializando carne humana en forma de chili picante. La pesadilla se reactiva cuando una audaz DJ de radio, Vanita «Stretch» Brock (Caroline Williams), graba accidentalmente un asesinato en directo a manos de Leatherface. Para cazar a los maníacos, Stretch unirá fuerzas con Lefty Enright (un Dennis Hopper absolutamente desatado), un veterano Ranger de Texas y tío de las víctimas de la primera película, cuya obsesión lo ha arrastrado al borde de la locura.

El guion de L.M. Kit Carson subvierte las intenciones del cine slasher comercial para armar una ácida crítica política al capitalismo de la era Reagan, la gentrificación y el trauma no resuelto de la Guerra de Vietnam. Los caníbales ya no representan el miedo rural aislado, sino el sueño americano distorsionado y corporativizado: una pequeña empresa familiar obsesionada con el éxito comercial y el libre mercado. A diferencia de la primera entrega, que sugería la violencia de manera casi invisible mediante el montaje, esta secuela abraza el splatter puro sin ningún tipo de censura. El legendario artista de efectos especiales Tom Savini realiza aquí uno de los trabajos de casquería, prótesis y desollamientos más explícitos, artesanales e impactantes de los años 80.

La película introduce a uno de los psicópatas más icónicos del cine de terror: Chop Top (el hermano gemelo del autoestopista de la primera entrega), interpretado magistralmente por Bill Moseley. Su desquiciada personalidad como veterano de Vietnam traumatizado, adicto a la música y con una placa de metal en el cráneo que rasca compulsivamente con una percha caliente, le roba por completo el protagonismo a Leatherface en cada escena.

Ver a una leyenda del cine como Dennis Hopper interpretando a un agente de la ley desquiciado, gritando versículos bíblicos mientras destruye pilares de madera con motosierras gigantescas y batiéndose en un duelo de espadas con Leatherface, es un espectáculo surrealista inolvidable. El escondite subterráneo de la familia Sawyer es un prodigio visual. Diseñado con bombillas de feria, miles de huesos humanos incrustados, banderas confederadas y pasadizos laberínticos, el set evoca una versión pop del propio infierno que dota a la película de una atmósfera de pesadilla constante.

Para la audiencia que busca una experiencia genuina de suspense o miedo, la película resulta un fracaso absoluto. La insistencia de Hooper por sumergir el metraje en gritos constantes, comedia bufonesca y un tono de dibujo animado hiperviolento puede llegar a agotar o irritar profundamente a los espectadores puristas.

El icónico monstruo implacable de la primera parte (interpretado aquí por Bill Johnson) es retratado de una forma mucho más torpe y paródica. Al desarrollar una suerte de enamoramiento o fijación psicosexual infantil hacia la protagonista, el personaje pierde gran parte del pavor y la amenaza visceral que representaba originalmente en la cultura pop.

Conclusión: La matanza de Texas 2 (1986) no es una mala película de terror, sino una excelente e incomprendida parodia punk que dinamita las bases del propio género. Tobe Hooper sabía perfectamente que era imposible repetir el milagro atmosférico y el impacto cultural de su obra original de 1974, por lo que optó inteligentemente por mofarse de las secuelas clónicas de la industria cinematográfica mediante un banquete absoluto de exceso, comedia negra y vísceras. Es un filme imperfecto, ruidoso y descaradamente comercial en su envoltorio, pero profundamente subversivo y estimulante en su lectura de fondo.

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