Los hijos artificiales

(1943)

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Valoraciones

Los hijos artificiales (1943) es analizada por los historiadores y críticos del cine clásico argentino como una de las comedias de enredos más sofisticadas, elegantes y aceitadas de la época de oro de los estudios nacionales. Dirigida por el realizador de origen español Antonio Momplet (quien aportó un marcado cosmopolitismo a la industria local) y basada en una exitosa pieza teatral de los dramaturgos alemanes Franz Arnold y Ernst Bach, la película destaca por su asombroso ritmo y su impecable factura técnica.

El principal punto que celebra la crítica profesional es la precisión matemática del guion. La trama gira en torno a un industrial adinerado (Francisco Álvarez) que, para justificar sus constantes escapadas nocturnas y viajes de placer ante su severa y dominante esposa, inventa la existencia de un «hijo artificial» (un hijo ilegítimo ficticio) al que supuestamente debe socorrer económicamente. Los problemas estallan de forma hilarante cuando un joven oportunista se entera del engaño y decide personificar al supuesto hijo para aprovecharse de la fortuna familiar. La crítica alaba la fluidez con la que se acumulan las mentiras, los equívocos y las entradas y salidas de personajes, logrando un ritmo dinámico e internacional que emulaba las grandes screwball comedies del Hollywood de los años 30 y 40.

El filme es unánimemente elogiado por el extraordinario desempeño de su pareja protagónica, dos de los más colosales actores de carácter de la historia del espectáculo rioplatense. Francisco Álvarez: Los analistas califican su trabajo de magistral. Con su habitual carisma campechano, sus gestos de desconcierto y su impecable sincronización cómica, Álvarez compone a un mentiroso adorable atrapado en su propia red de engaños, logrando que el espectador empatice inmediatamente con él. Felisa Mary: Interpreta a la estricta y matriarcal esposa. La crítica destaca el perfecto contrapeso que ejerce frente a Álvarez, aportando la distinción aristocrática, la sospecha permanente y la severidad necesarias para que el conflicto funcione a la perfección. La prensa de la época valoró enormemente los aportes de figuras de gran oficio como Malisa Zini, Pedro Quartucci, Juan Carlos Thorry y la consagrada cómica Sara Olmos.

A nivel formal y de producción, los investigadores (como Raúl Manrupe y María Alejandra Portela) subrayan que Los hijos artificiales se beneficia de la altísima calidad industrial que caracterizaba a los Estudios San Miguel. La dirección de Antonio Momplet huye del estatismo teatral y utiliza una cámara sumamente fluida para recorrer los opulentos e impecables decorados diseñados para el filme. La iluminación, los lujosos vestuarios de la burguesía retratada y la pulcritud del sonido directo fueron catalogados como de primer nivel, demostrando la madurez técnica de una industria capaz de envasar productos de entretenimiento masivo con un empaque visual sumamente elegante.

Conclusión: la crítica define a Los hijos artificiales como un ejemplo modélico de cine de evasión noble, divertido y formalmente intachable. Es recordada como una de las comedias más redondas de la década del 40 que, lejos de envejecer, se mantiene en los registros históricos como una pieza de relojería humorística que demuestra el talento y el oficio de los realizadores de la era dorada de los estudios.

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