Los que tocan el piano

(1968)

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Valoraciones

Los que tocan el piano (1968), dirigida por el donostiarra Javier Aguirre y escrita por el célebre productor y guionista José Luis Dibildos, es una de las comedias de timadores y ladronzuelos más populares del cine español de finales de los sesenta. El curioso título de la película hace referencia directa al argot policial de la época: «tocar el piano» no alude a ninguna destreza musical, sino al acto de plasmar las huellas dactilares en la ficha policial tras ser detenido.

Aunque a menudo se la etiqueta superficialmente de «españolada», críticos e historiadores del blog Cinefília Sant Miquel y foros de análisis marcan distancias con las producciones más ramplonas de la época. Gracias al afilado libreto de Dibildos (quien más tarde impulsaría la apertura de la llamada «Tercera Vía» del cine español), la película evita caer en el chiste burdo recurriendo a un humor costumbrista más ingenioso y una enriquecedora explotación del argot del submundo criminal madrileño.

La crítica resalta que, bajo su apariencia de comedia ligera, el guion plantea una sutil ironía sobre el complejo de inferioridad de la España de los sesenta frente al desarrollo del resto del continente. La trama sigue a tres delincuentes de poca monta (Tony Leblanc, Concha Velasco y Alfredo Landa) que intentan «profesionalizarse» y modernizar sus métodos delictivos bajo la tutela de un elegante gángster recién llegado del extranjero (interpretado por un magistral José Sazatornil, «Saza»). Los expertos ven aquí una sátira de la obsesión nacional de la época por «mirar a Europa», tecnificarse y europeizarse a toda costa, un recurso humorístico recurrente en el cine de la era del desarrollismo.

Aunque la crítica de portales como Decine21 sitúa el largometraje dentro de los cánones comerciales estándar del cine de barrio (clasificándolo en ocasiones con una nota discreta debido a su falta de pretensiones profundas), se reconoce la pericia técnica de Javier Aguirre. Aguirre fue un realizador de insólita dualidad: capaz de rodar taquilleras comedias alimenticias para la industria oficial y, de manera simultánea, desarrollar piezas de vanguardia y cine experimental abstracto. En esta película, Aguirre demuestra ritmo, un uso inteligente del dinamismo urbano madrileño y una estupenda dirección de actores.

El consenso crítico coincide de manera unánime en que el mayor valor de la cinta reside en su espectacular plantel interpretativo, considerado un auténtico «quién es quién» de la comedia española clásica.

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